A diario pasaba por ahí desde hacía ya unos años y por alguna razón esa casa lograba captar mi atención, no era que tuviese nada en especial, es más, probablemente era de las casas más comunes de la zona, pero cuando el ómnibus en el que yo viajaba se acercaba a la esquina yo enseguida tendía a incorporarme para mirarla.
No era una casa muy grande, pero si tenía un jardín importante, donde pegado a la casa había una especie de corral hecho con un tejido de alambre, usualmente cerrado, donde por lo general estaban los perros de la casa, que de no ser así andaban correteando a cuanto vehículo pasaba por la calle.
Cuando los perros andaban sueltos siempre corrían al ómnibus como una cuadra ladrándole, eran dos perritos callejeros no mas, uno negro y uno blanquito, este último, más lento y desgarbado, parecía tener ya unos cuantos años, pero aun así se las arreglaba para hacer bastante barullo.
Las ventanas frontales de la casa, y la puerta estaban todas enrejadas, solución típica en estos tiempos que corren, pero siempre me hizo gracia que las ventanas del costado, del lado del corral de los perros, no solo no tenia rejas, sino que no tenía ninguna clase de protección. Incluso por las noches, cuando en el interior se prendía la luz, desde el ómnibus lograba verse como una heladera, por lo que supongo allí estaría la cocina.
Un árbol seco con una hamaca rota colgando, permanecía frente a la puerta de entrada, desde las primeras épocas en las que yo comencé a pasar por esa zona, nunca le vi una hoja verde, ya fuera invierno o primavera, siempre estuvo completamente seco y siempre con sus dos sillitas y su mesa abajo.
A falta de la sombra del árbol, lo que tenían era una especie de techito de paja que daba un mínimo de sombra y podía alguna vez servir en caso de una lluvia muy tenue para no mojarse.
Por sobre la casa, lograba destacarse un tanque de agua que parecía ser tan viejo como la casa, rodeado de moho y con un par de caños saliendo de el hacia la casa.
Si bien la casa parecía tener sus buenos años, desde que yo la conocí hasta ahora había comenzado a venirse a menos, el frente que solía estar prolijamente barrido ya no lo estaba más, la puerta estaba despintada, de a poco la casa comenzaba a verse casi que derruida.
Por mi cabeza pasaban todo tipo de teorías sobre quien vivía en ese lugar, mi favorita era la de una pareja de abuelos con su nieta, ambos rondando los 80 años, el señor seguramente atendiera alguno de los negocios del barrio, o capaz era sanitario, no sé porque le elegí esa profesión, creo que alguna vez vi una camioneta con herramientas en la caja y por eso quedo lo de sanitario.
Otros días me imaginaba que podía ser una boca de pasta base, que adentro iban de día unos narcos que en realidad vivían en un apartamento de lujo pero ahí tenían su negocio, hasta que supuse que no era lógica esa teoría, porque sino en algún momento tendría que haber visto gente entrando o saliendo.
En fin, a diario siempre alguna historia se me ocurría, y siempre me terminaba yendo con la duda de cuál de todas esas teorías seria la verdadera, o si seria algún otro caso en el que nunca pensé.
Hoy cuando el ómnibus se acercaba a la esquina anterior rápidamente me di cuenta que el panorama no era el mismo que se veía a diario. Autos de policía, cámaras de televisión y una ambulancia se amontonaban frente a esta casa y en la esquina anterior dos policías de tránsito, uno de ellos montado a una de las motos, desviaban a los vehículos que se acercaban.
No me pude resistir y ni bien el ómnibus doblo por el camino que le hizo tomar el policía, algo me impulso a pararme y pedirle al guarda para bajar. Como ese no era el camino típico el conductor hizo una excepción y en la esquina siguiente paro para dejarme descender.
De lejos no había podido ver nada más que esos vehículos parados en la cuadra, por lo que la ansiedad me estaba matando.
A medida que me acercaba sentía los ladridos de los perros que yo ya conocía, pero esta vez ladraban como furiosos, ya desde la esquina los podía oír, y no paraban en ningún momento. De pronto, atrás de la ambulancia logre ver un grupo de vecinos que miraban hacia la casa, como chusmeando que pasaba.
Cuando logre acercarme lo suficiente vi al dueño de casa por primera vez, un anciano, yo diría de cerca de 80 años, pelo completamente blanco, un poco largo y despeinado, semidesnudo, flaco muy flaco, encadenado a ese viejo árbol seco, delante de el sus dos fieles perros ladraban enfurecidos a los agentes de policía que intentaban acercarse al veterano.
Escuchando a los vecinos me entere que una de mis teorías era cierta, por mucho tiempo allí vivieron con su esposa y su nieta, formaban una hermosa familia y eran todos ellos muy queridos en el barrio.
Don Feliciano como me acababa de enterar que se llamaba, era un hombre muy trabajador, salía muy temprano en la mañana de la casa y volvía siempre tarde en la noche, probablemente por eso mismo jamás se lo veía.
Unos 5 años atrás Malena, la nieta había decidido viajar a Europa y seguir su vida allí, por lo cual Feliciano saco una hipoteca sobre la casa para poder ayudarla.
Un par de años después de la partida de Malena, falleció Martita su esposa, por una larga enfermedad, dejando a Don Feliciano solo, quien pronto tuvo que jubilarse ya que su salud tampoco estaba en el mejor estado como para trabajar 12 horas como el solía hacer. El era obrero, sanitario, electricista, hacia de todo un poco, pero ya no podía desempeñar ninguna de esas tareas.
Al jubilarse, el presupuesto que suponía el préstamo que había pedido para ayudar a su nieta fue demasiada carga para el, que no pudo continuar pagando y ahora el banco había rematado su casa y Don Feliciano, encadenado a ese árbol donde alguna vez su nieta solía hamacarse y bajo el cual junto a Martita tantos mates tomaron, se negaba a dejar de lado lo último que le quedaba de un pasado que supo ser feliz.
Habré pasado mil veces por frente a esta casa, otro tanto de historias se armaron en mi cabeza con respecto a ella, pero ninguna de ellas me había llenado tanto de tristeza como la realidad.